“…más iguales que otros”
Hay anécdotas que, como las parábolas bíblicas, son al mismo tiempo inspiración y llamada de atención. Desde que comenzó esta recta final del referendo contra las uniones civiles, tengo una de esas anécdotas/parábolas clavada en la mente, así que quiero hoy contarla.
Tiene que ver con la democracia, con respetar a los demás, y sobre todo con la idea de la igualdad. No es mía, ni tenía que ver con el asunto de ser gay o no, pero como las parábolas bíblicas se puede aplicar sin que pierda sentido: la escribió el inglés George Orwell en 1945.
En una granja hubo una rebelión de animales, cansados de la explotación de lo humanos. Tomado el control de la granja, los animales –encabezados por los cerdos- establecieron una idílica sociedad donde la vieja explotación sería desterrada y donde todos vivirían en paz y como iguales.
Lo plasmaron sobre una pared, donde los cerdos (los más inteligentes de todos), escribieron los Siete Mandamientos que los regirían en adelante:
Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo
Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo
Ningún animal usará ropa
Ningún animal dormirá en una cama
Ningún animal beberá alcohol
Ningún animal matará a otro animal
Todos los animales son iguales
Pasó el tiempo, y poco a poco los cerdos fueron cambiando. Le tomaron el gusto al poder, y comenzaron a cambiar las cosas para los otros animales. La contradicción con la letra de los Mandamientos se hizo de repente obvia pero, para sorpresa de los otros animales, empezaron a descubrir pequeños cambios en las palabras escritas en aquel muro.
El día en que los cerdos se mudaron finalmente a la antigua casa de los amos, y empezaron a dormir en sus camas, notaron un cambio:
Ningún animal dormirá en una cama con sábanas
Cierto día, los cerdos decretaron la ejecución de algunos animales que comenzaron a oponerse a ellos, pero entonces, la letra de la ley cambió:
Ningún animal matará a otro animal sin motivo
Llegado el final de la historia, el día en que los cerdos se pusieron en dos patas y fueron ya iguales a los antiguos amos, los demás animales encontraron que de la gran pared habían desaparecido los Mandamientos. En su lugar, con grandes letras blancas sobre la pared pintada de alquitrán había un solo mandamiento
Todos los animales son iguales
Pero algunos animales
Son más iguales que otros
Quien tenga oídos, que oiga. No dejemos que alguien llegue a decirnos que todos somos iguales, pero que algunos son más iguales que otros.
De lectura obligatoria: espaldarazo editorial
El Editorial de La Nación del domingo 6 de junio representa uno de los espaldarazos más contundentes no solo a la lucha frente al contrasentido del referendo sobre las uniones civiles en Costa Rica, sino a la causa de esas uniones y, en general, a la posición de la comunidad glbt en el país.
De lectura obligatoria, contribuimos acá a reproducir algunas de sus observaciones:
-El resultado es previsible y el método, en apariencia, inobjetablemente democrático. La mayoría impondrá su punto de vista, y sus prejuicios, en las urnas.
-La tiranía de las mayorías, no importa cuán numerosas, está reñida con el Estado democrático.
-Las uniones civiles de parejas del mismo sexo no son el matrimonio como lo entendemos hasta ahora y ninguna denominación religiosa está obligada a aceptarlas para efectos de su práctica interna. Son un reconocimiento de las consecuencias prácticas, legales y económicas, de la convivencia.
El texto completo puede leerse aquí.
Del burro amarrado y el tigre suelto
Los refranes se hicieron para usarse, y en este caso la vieja historia de la pelea del burro amarrado contra el tigre suelto viene como anillo al dedo, a propósito del propuesto referendo para apoyar o no las uniones civiles entre personas del mismo sexo.
La discusión apenas inicia, pero quisiera contribuir a ella con algunas reflexiones que creo importantes.
Alguien dijo que la democracia se mide no por cómo trata a las mayorías, sino por cómo lo hace con las minorías. Lo primero es fácil, cualquier dictadorzuelo o demagogo por allí sabe cómo ganarse a las multitudes, a punta de pan y circo. Lo segundo, saber tratar a las minorías (es decir, respetarlas y darles su lugar) es una empresa difícil pero importante, lo que la convierte en un termómetro apropiado de una verdadera democracia.
Estamos, justamente, frente a ese caso.
De entrada nomás, no me gusta la idea del referendo aplicado a este tema. Primero, porque –se ha dicho claramente- los derechos humanos no deben ser sujeto de referendo. Es un antecedente peligroso, y el resguardo y protección de esos derechos es un asunto de legislación mayor. Históricamente, los derechos humanos han tenido que garantizarse aún a contrapelo de lo que la mayoría quiera, a punta de leyes. De lo contrario, es posible que hoy las mujeres no votarían y los afroamericanos seguirían siendo esclavos.
Y la razón para ello es fácil de entender: la mayoría usualmente quiere que las cosas sigan como están.
No me gusta porque es, desde el inicio, desigual. Aunque no hay estadísticas reales que lo respalden, se sabe que la población homosexual ronda mundialmente entre un 10 y 12 % de la población en general. Eso hace que, con nuestros propios votos, seamos incapaces de defender nuestros derechos. Burro amarrado contra tigre suelto, como dije. David contra Goliat, con el agravante de que, en este caso, parece que Dios está del lado de Goliat, lo que deja a David solo con una piedra en la mano.
No podemos solos, lo que nos obliga a solicitar la ayuda electoral de quienes no necesariamente tienen interés en el tema (es decir, los heterosexuales), porque no les afecta directamente. Hay muchos y muchas que nos respaldarán por ser personas de bien y entendedoras de lo que es defender a las minorías, pero sigue siendo nadar contra corriente.
La parte contraria (los que impulsan el NO en este referendo, el no a las uniones civiles) tiene de su lado toda la maquinaria ideológica para hacer triunfar su tesis.
Luchamos contra un oponente fuerte: el estatus quo, la zona de confort. Como dije, la mayoría usualmente busca que las cosas sigan como están, porque les genera un sentimiento de bienestar, de seguridad. El cambio les produce miedo, ansiedad, y esos dos elementos (combinados con el desconocimiento) es lo que los opositores a las uniones civiles explotan: la idea de que esas uniones significan el derrumbe de la civilización tal como la conocemos.
Ahora bien, esa ha sido siempre la historia de las personas homosexuales desde que el mundo se rige por los principios judeocristianos (disculpas por traer a colación la cosa religiosa, pero es inevitable): nadar contra corriente y caminar cuesta arriba. Estamos acostumbrados.
Con todo esto a la mano, me imagino los escenarios del referendo. El primero huele a milagro, y no creo mucho en milagros: lo ganamos, y tenemos uniones civiles. Buenísimo. El segundo, perdemos, y allí se vuelve importante la cuestión de los márgenes: no es lo mismo que el resultado del referendo sea 90% por el NO y 10% por el SI, frente a 60% por el NO y 40% por el SI. Creo que la pelea deberá darse primordialmente por conseguir un margen de representatividad alto en la votación, lo que posteriormente podremos capitalizar en las luchas políticas posteriores.
Porque ese, señores y señoras, es el escenario último: si perdemos, seguimos. Una derrota en el referendo no significará que desapareceremos, ni que la condición homosexual vuelva a ser sujeto de tratamientos médicos o exorcismos, que nuestros derechos como ciudadanos ya no existirán, ni que la familia tal como la conocemos queda consagrada constitucionalmente como el modelo eterno e inamovible.
Por eso, a la larga, no perdemos nada. Seguiremos tal como estamos ahora, pero seguiremos peleando.
Dios puede estar del lado de Goliat ahora, pero David sigue con una piedra en la mano.
Los del otro equipo
La guerra y el deporte –sobre todo los deportes de equipo- han sido por tradición los nichos más “duros” de la masculinidad. Eso dicen varios estudiosos del género, y parece ser cierto.
Hay mucha relación entre las dos actividades. Forjadoras de carácter, manifestaciones del combate por el espacio (real o imaginario), impulsadoras del espíritu del triunfo gregario. La guerra es un deporte (de reyes, en el pasado) sangriento; el deporte, una guerra en chiquito.
Y claro, atalayas de la masculinidad como son, allí no se tolera más que a los hombres “de verdad”. Bueno…. No siempre.
La guerra, curiosamente, ha mostrado ser más flexible, vaya usted a saber por qué. En la antigüedad, cuando eso que hoy llamamos homosexualidad era parte de la vida cotidiana, la guerra se prestaba para manifestaciones homosexuales bastante visibles.
Los griegos promovían las relaciones entre hombres –en amor y en guerra- como una forma de incentivar la camaradería, el vínculo solidario entre los combatientes. En el famoso Batallón Sagrado del espartano general Górgidas peleaban, hombro a hombro, 300 soldados que eran también amantes, en pareja, para cuidarse uno al otro; fueron una de las máquinas de guerra más sofisticadas que ha habido.
La historia de la guerra está repleta de ejemplos notables de cómo la homosexualidad no es obstáculo para una buena carnicería y una genial estrategia, ambas marcas favoritas de los hombres “de verdad”: Alejandro Magno, Julio César, Ricardo Corazón de León, Federico El Grande de Prusia. Todos ellos hicieron el amor (entre hombres) y la guerra.
Pero la guerra cambió a partir del siglo XX. Perdió terreno. Las guerras evolucionaron en genocidios, y perdieron el favor del público, dejaron de ser algo heroico para volverse vergonzosas. Los ejércitos y el llamado a la guerra se volvió más tecnológico y de especialistas, dejó de ser cosa de todos. Los años 60 nos posicionaron a todos que es mejor hacer el amor y no la guerra.
Con todo eso en mente, digamos que los soldados han sabido lidiar más o menos desde siempre, con la idea de que entre sus filas había homosexuales. Claro, ha habido ejemplos de conflicto: es curioso que, en Estados Unidos (el gran imperio de nuestros días), el debate más polémico sobre la homosexualidad, previo al auge de las uniones civiles, girara en torno a la existencia de gays en el Ejército. La polémica del “Don`t Ask Don’t Tell” sigue relativamente vigente por allí.
Pero la cosa es más o menos manejable.
En el deporte por equipos, en cambio, la cosa sigue ruda. Los pequeños ejércitos de jugadores que salen a partirse la trompa y la camiseta por sus colores han demostrado ser más duros que los duros soldados, y no permiten ni de cerca que alguien diga o insinúe que entre ellos hay gays.
Por alguna razón, que sigo sin comprender del todo, la palabra homosexualidad provoca una estampida de indignación entre los clubes de fútbol (y otros deportes de equipo), como la del árbitro tico que recientemente escribió en un diario una columna escupiendo sapos y culebras contra la homosexualidad.
Y sigo sin comprenderla, porque el fútbol y otros deportes se mueven en una zona de tolerancia entre la liberadora expresión de sentimientos y el más neandertal reforzamiento de “lo macho”. Ellos se besan, se abrazan, se revuelcan juntos, se tocan las nalgas, se bañan desnudos y al mismo tiempo, se dejan masajear por otros hombres, con la misma facilidad con que le rompen la pierna a un contrario, insultan a los hinchas del otro equipo, se agarran a trompadas o escupen al árbitro.
Creo que tiene que ver con que esas guerras en chiquito (los partidos) son un producto de consumo para todos los masculinos de este planeta. Es decir, a diferencia de las guerras en serio, que son para profesionales, los deportes de equipo siguen siendo un instrumento de “masculinización” para la masa. Es accesible a todos, todos pueden participar allí (en canchas abiertas, frente al televisor, en las graderías del estadio o aspirando a convertirse en el próximo Maradona) y es entonces cuando –patriarcalmente- es peligroso admitir a los gays en la cancha.
Por supuesto, todo esto a raíz de la fotito que dio la vuelta al mundo de Zlatan Ibrahimovic y Gerard Piqué, ambos jugadores del Barcelona, captados en un momento de íntimo cariño, tan pero tan impropio entre los guerreros de la cancha.
Pero bueno, como en todo lado se cuecen habas, está bueno que la foto la hayamos visto todos, y todos digamos lo que dijimos cuando Ricky Martin “confesó”: ya lo sabíamos.
Una voz para escuchar
Un chico, un colegio, Cartago. Así de simple pero así de importante, la voz de este estudiante que clama por eliminar la discriminación, debe ser destacada no solo por la relevancia de su denuncia sino por el valor de salir al principal medio del país (La Nación) a reconocer libremente su condición. Un ejemplo para tantos y tantas.
Por eso, la reproducimos acá.
Homofobia en el colegio discriminación
Actualmente, soy estudiante de un colegio privado en la provincia de Cartago, y quería expresar por este medio mi disconformidad total con ciertas acciones de homofobia y discriminación de las cuales he sido víctima desde el año anterior en el colegio. Incluso, la Directora de la institución me hizo comentarios discriminatorios el año anterior, al decir que al saber que soy gay, no iría a visitarme a mi consultorio, ya que quiero ser doctor. Lamentablemente, no puedo tomar ninguna medida en contra de la institución, sobre todo la directora y la orientadora, quienes en su momento me afectaron mucho psicológicamente, debido a que no cuento con el apoyo de mis padres para iniciar un proceso en contra de estos funcionarios. Por lo que me gustaría dar a conocer mi caso por este medio para ver si alguna autoridad competente me puede ayudar. Lamentablemente, la sociedad actual aún tiene una mente muy tercermundista y anticuada, pero, ciertamente, este tipo de actos no deben permitirse en ninguna circustancia ni en ningún lugar y mucho menos en un centro educativo.
José Rodríguez
Cartago
Sambenitos y Pink Panthers
Ya todos lo sabemos: la Iglesia Católica está envuelta en uno de los mayores escándalos de su historia.
No es el escándalo que debió haberse provocado por el histórico genocidio al que ha sometido la institución a la raza humana (genocidio, sí, con millones de muertos en todo el mundo, asesinados en nombre de la fe, por culpa de sus “errores” o “perversiones”). No es el escándalo que debió existir por las subterráneas manipulaciones financieras de la Iglesia, que van desde la recolecta multibillonaria de limosnas hasta la posesión de infinitas propiedades, muebles e inmuebles, que la convierten en una de las instituciones más ricas del planeta, pasando por las maquinaciones de Bancos Ambrosianos y financieras ticas y panameñas.
El escándalo salió debajo de las sotanas de los curas. Pedofilia. Abuso infantil. Abuso contra aquellos que estaban bajo su cuidado, infantes, muchachos (ojo, no sabemos cuántas muchachas, pero ese es un capítulo todavía por iniciarse), y ha resultado tan incontenible que ha puesto a temblar la propia silla de Pedro, en Roma.
Por supuesto, iniciado el escándalo, comenzó la estrategia de la Iglesia para sacudirse las culpas y tratar de limpiarse la cara.
En Costa Rica, sus adalides han sido el Arzobispo de San José, Monseñor Hugo Barrantes, y sobre todo el obispo de Cartago, Monseñor Francisco Ulloa, pieza clave de la desinformación eclesiástica nacional, quien este domingo se dejó venir con un sermón donde tachó a los críticos de la Iglesia de inmorales y perversos.
Pero la estrategia –incluida la sorpresiva exhibición de la Sabana Santa de Turín, la aún apócrifa pero potencialmente más importante reliquia eclesiástica-, tuvo ayer su máxima expresión en las declaraciones nada menos que del Secretario de Estado vaticano, el Cardenal Tarsisio Bertone, quien aprovechó una misa en Chile para soltar el mensaje clave y la clave del mensaje: la culpa de la pedofilia no es el celibato, tan querido de la Iglesia, sino de la homosexualidad.
Se completa el giro: los culpables no son ellos, sino nosotros, y ahora que el Cardenal Bertone ha pasado el mensaje oficial de la Iglesia, todos sus acólitos están llamados y tienen carta blanca para difundirlo.
No es una estrategia nueva. La ha usado la Iglesia desde tiempos inmemoriales, desde que le ponía el sambenito a los disidentes, a los que no pensaban como ella y se atrevían a decirlo, antes de procesarlos, obligarlos a renegar de sus ideas so pena de quemarlos en la hoguera, ahorcarlos en el garrote o simplemente azotarlos hasta morir. Todas, prácticas utilizadas por la amorosa Iglesia.
La diferencia, ahora, es que los que estamos en la otra acera podemos pelear. Se lo decía a un amigo ayer: puede la Iglesia querer culparnos, puede atacarnos, pero ahora le podemos devolver el golpe. Y podemos devolverlo porque la sociedad de la información nos lo permite ahora.
Ya no hay miedo a la denuncia, porque la denuncia corre de un rincón a otro del planeta gracias a los medios de comunicación, a las redes sociales, a Internet. Ya la Iglesia no controla como antes todo púlpito y foro de discusión; ahora la cosa es peleando, y gracias a la sociedad de información podemos hacerlo. Talvez allí reside el enorme terror que el Vaticano siente: ya no controla las mentes como antes.
Podrán seguir desempolvando los sambenitos, pero para eso estamos dispuestos a crear nuestra propia división de Pink Panthers, siempre listos a la lucha.
En días pasados una estimable lectora me imprecaba el por qué insistía en atacar a la Iglesia que, todo amor, condena la homosexualidad pero no a los homosexuales, al final hijos de Dios.
Bueno, estimada amiga, por cosas como el Cardenal es por las cuales sigo en esta ruta.
Give a damn… post
La campaña Give a Damn (literal: Me importa un bledo) es un proyecto de The True Colors Fund, y va dirigida a todos/as los/as que se preocupan por la igualdad para personas gay, lesbianas, bisexuales y transgénero.
Pero especialmente está dirigida para los/as heterosexuales. Ya sea que estén ya involucrados en apoyar la causa, o que quieran hacerlo por primera vez, Give a Damn está allí para mantenerse informados/as sobre los tópicos de interés y participar a un ritmo que le sea adecuado.
Así que, anímese y colabore, registrándose aquí.
Apuntes para una comunidad
Hace 23 años, un 5 de abril, un grupo de 150 costarricenses dirigió a los Ministros de Seguridad, Salud y Gobernación, una carta abierta publicada en La Nación, que para muchos es el hito más representativo de la nunca escrita historia del movimiento gay en Costa Rica.
Su mensaje advertía al gobierno de turno sobre el riesgo de caer en fanatismo, en amenazar la libertad individual de “pensar distinto” en nombre de la moral, la salud o el derecho. La denuncia surgió entonces como respuesta a la política de redadas y una ola homofóbica oficial a raíz de la primera ola del sida, que para entonces era tan desconocido como temido.
La carta tuvo un impacto inmediato: dos días después, el 7 de abril, el Gobierno anunció que daba marcha atrás en su decisión de hacer obligatoria la prueba del sida a empleados públicos y universitarios (otra de las medidas discriminatorias asumidas) y revirtió otra serie de medidas.
Pero más aún, la carta del 5 de abril encendió la chispa para la organización del movimiento gay en Costa Rica.
Más de dos décadas después, los frutos de ese primer impulso todavía están siendo cosechados, de manera variopinta. Los problemas continúan, la homofobia no se ha ido, muchos espacios siguen cerrados y –peor aún- hay muchos queriendo cerrar o negándose a abrir otros tantos.
Veinte y tantos años después, sin embargo, al reflexionar sobre aquel día 5 de abril me pregunto dónde estamos como comunidad glbt. Y reflexionar sobre eso me lleva a uno de mis temas constantes: qué hace a una comunidad, y ¿lo somos?
¿Qué hace que un grupo humano pueda ser llamado una comunidad? Puedo pensar en diez factores, y tratar de anotar hasta dónde hemos avanzado en ellos.
Primero, una comunidad puede necesitar un espacio geográfico determinado. Lo tenemos: esos 51 mil kilómetros que llamamos Costa Rica. En segundo lugar, se necesita un grupo de individuos reconocibles como partícipes de esa comunidad. Igual, lo tenemos: es decir, nosotros y nosotras.
Tercero, debe haber conciencia de grupo, valga decir que esos individuos se identifican a sí mismos como pertenecientes a ese grupo. Calificamos parcialmente, porque todavía existe mucha de nuestra gente que se mantiene separada de esa pertenencia, no se han reconocido como tales o, reconociéndose, no participan.
En cuarto lugar, me parece que se necesita una identidad grupal, una autoimagen colectiva que responda a cómo somos. Así como atribuimos ciertas características específicas a eso que llamamos “los ticos”, debería haber una imagen colectiva para eso que llamamos la gente glbt. No estoy del todo seguro que hayamos desarrollado dicha imagen aún, más allá del conjunto de clichés que se manejan.
Quinto, espacios de interacción grupal propios. Los hay, de varios tipos, pero con el transcurso del tiempo se han perdido muchos que eran importantes y no se han desarrollado otros que deberían serlo. En sexto lugar, una comunidad necesita figuras icónicas, ídolos comunitarios; hay mucho pocos locales, poquísimos, que podamos proyectar ante el colectivo nacional. La mayoría son figuras solo dentro de ese “ghetto” que nos empeñamos en ser.
Sétimo, una historia común… memoria histórica. No la tenemos. Hay todavía menos escritos que –en algún momento- intentaron algo parecido a recoger nuestra historia, que es sobre todo historia oral y se ha perdido en buena parte. En este punto, estamos debiendo.
En octavo lugar mencionaría un cuerpo de reglamentaciones (leyes, para no ir muy lejos) que resguarden los derechos de la comunidad y fijen sus deberes. No los hay. Nos acogemos a la reglamentación que existe para todos los costarricenses, pero queda pendiente todavía la conquista de legislación propia.
Noveno, organizaciones estructuradas que trabajen a nombre y para la comunidad. Hay algunas, pero como dije antes con el correr del tiempo muchas buenas se perdieron y las que quedan trabajan con las uñas. Décimo, y muy importante, una comunidad debe tener una agenda común: metas y objetivos colectivos que marquen el derrotero a futuro. Si me preguntan, no se cuál es, o en este momento se limita casi exclusivamente al tema de las uniones civiles; no debería ser así, porque una inserción adecuada en comunidad implica cubrir numerosos flancos, todos ellos importantes. Limitarse al que está de moda puede ser peligrosamente simplificador.
Resumiendo, creo que estas alturas del partido, veinte años después de aquel 5 de abril, somos aún una comunidad en estado incipiente, a medio camino de lo que podría construir, en parte por culpa de esa falta de agenda común. El gran boom de activismo que se vivió a finales de los 80 y durante los 90 disminuyó su vigor –por varias causas- al morir esa década y comenzar el siglo XXI.
Nos tocaría revitalizarlo. En todo caso, valga recordar hoy aquella fecha tan clave para quienes queremos ver un cambio efectivo en la manera en que nos insertamos, como comunidad, en la otra gran comunidad que es Costa Rica.
El 5 de abril nunca dejará de ser importante.
(Nota: los datos históricos acá señalados fueron recopilados por Jacobo Schifter en su libro La Formación de una Contracultura en Costa Rica/Ediciones Guayacán)









