Pequeña gran Alejandría
No había cumplido yo la primera década en este mundo cuando me topé con la Gran Biblioteca de Alejandría.
Fue en una tarde de éxtasis en el lugar menos esperando para una biblioteca: en el cine, otra de mis grandes pasiones. En la pantalla, una guapetona y sobrecargada Elizabeth Taylor hacía de Cleopatra cuando uno de los otros actores le informaba que los romanos (es decir, los actores que hacían de romanos, a la zaga de Rex Harrison) habían incendiado la Gran Biblioteca.
La fabulosa reina del Nilo se horroriza y corre mientras el viejo Hume Cronyn, en el papel del sabio Sisógenes, se espanta. A lo lejos, las llamas de la Gran Biblioteca iluminan el cielo de la noche.
De película, claro. Desde entonces, el chiquillo que dejé de ser estuvo siempre pendiente de saber de la Gran Biblioteca de Alejandría. ¿Qué había sido aquel lugar que conmocionó de tal manera a aquellos ídolos, históricos y cinematográficos?
En su momento, la Biblioteca Real de Alejandría fue la más grande del mundo. Situada -obvio- en la ciudad egipcia de Alejandría, se cree que fue creada a comienzos del siglo III aC por Tolomeo I Sóter y en su momento culminante albergó hasta 700.000 volúmenes. Es decir, era el huevo que encerraba todo el saber humano de su tiempo.
Se sabe que fue un apartado al servicio de un museo construído por los Tolomeos. Luego, cuando la Biblioteca adquirió gran importancia y volumen, hubo necesidad de crear un anexo cercano. Se cree que esta segunda biblioteca fue creada por Tolomeo III Evergetes y se estableció en la colina del barrio de Racotis en un lugar de Alejandría más alejado del mar; concretamente, en el antiguo templo erigido por los primeros Ptolomeos al dios Serapis, llamado el Serapeo, considerado como uno de los edificios más bellos de la Antigüedad.
Su destrucción no fue, claro, como la planteaba aquella película que tanto me emocionó. No hay que culpar a los romanos: en la época del Imperio, los Césares la protegieron y modernizaron en gran medida, incorporando calefacción central mediante tuberías con el fin de mantener los libros bien secos en los depósitos subterráneos.
Su destrucción es uno de los más grandes misterios de la civilización occidental. Se carece de testimonios precisos sobre sus aspectos más esenciales, y no se han encontrado las ruinas del Museo, siendo las del Serapeo muy escasas.Milenios después, la UNESCO resucitó la idea. En 2003, promovida por la organización internacional, una nueva Biblioteca de Alejandría se levantó en la ciudad egipcia, con el nombre de Bibliotheca Alexandrina.
Las reflexiones de estos días me llevan, sin embargo, a asombrarme tanto como aquella vez que la Cleopatra de Taylor me enfrentó concientemente y por primera vez a la maravilla de la Historia.
Todos los días me siento frente a la Biblioteca de Alejandría. A mi particular y personal Biblioteca, a la que llamamos Internet. Nuestra pequeña y gran Alejandría. La mía y la suya, que está leyendo estas líneas.
Conozco a gente que le pone nombre a su auto… mis disculpas, pero prefiero ponérselo a la computadora y es por eso que, desde que las he usado, todas mis computadoras se han llamado Alejandría.
Todas ellas llevan en el pecho una gran A heroica, como lo hacía Hester Prynne en La Letra Escarlata. Como Prynne, mis Alejandrías han llevado la A sin la menor vergüenza porque -a diferencia de aquella- representa el mayor de los orgullos.
Cada vez que me conecto a Internet me reconcilio un poco con la Humanidad y me acerco a todos los que aportaron algo para que las Bibliotecas de Alejandría de este mundo sigan vivas. A pesar de la general estupidez que sigue viviendo entre nosotros, alegra al menos saber que, esta vez, resultará muchísimo más difícil pegarle fuego a esta biblioteca, porque no está hecha de papiros, madera y piedras.
Y se que, uno de estos días, la mismísima Cleopatra de ojos color violeta y piel como leche me va a guiñar el ojo desde la pantalla de Alejandría.
Ese día se va a cerrar el círculo.








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